Son pocos los artistas que, en público, hablan de sus fracasos. No conviene. Se dice en la profesión que lo que sale mal es mejor no mencionarlo, porque nadie se sube a un carro perdedor.
Me causa risa cuando, en hora punta, en este o aquel programa de televisión, aparecen rostros más o menos conocidos que cuentan lo bien que les va en sus proyectos. La mayor parte de las veces mienten. Pero es así: hay que vender éxito, aunque sea haciendo cierto el refrán «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces».
En octubre de 2022 convoqué a amigos y a algunos medios —solo vinieron unos pocos— para oficializar el final de Asfalto. Se cumplían 50 años desde su fundación y la AIE, asociación que agrupa a la mayor parte de los músicos de nuestro país, entendió que no había sitio mejor para celebrar el duelo a cuerpo presente; estuvieron de diez. Agradecido.
Llegado el momento, me tocó tomar la palabra ante un centenar de asistentes para justificar las causas del óbito. Traté de manejar el tema con la sensibilidad que el momento merecía, desalojando de mí cualquier rencor. Y claro que sí, no podía negar las causas. Estábamos ante el final de una larga enfermedad llamada «ostracismo», infección paulatina y persistente que, en mi opinión, afectó al enfermo. Y así lo expresé.
En 2021, aún en pandemia, decidimos anticipar una gira por el 50 aniversario que concluiría justo al finalizar 2022. De la necesidad surge el empeño y, con la ayuda de todos, nos pusimos a trabajar en la que sería la mejor puesta en escena de cuantas giras Asfalto hubiera hecho. Y lo logramos, claro que sí.
Felices, aguardábamos comenzar a anotar fechas y lugares en nuestra agenda. Pues bien: páginas en blanco en nuestro calendario. Los promotores nos dieron la espalda, y no por cuestiones económicas, doy fe.
Adiós al tremendo trabajo que nos dimos por ofrecer lo que pensábamos que nuestros seguidores se merecían. Para colmo, la fecha fijada para actuar en Madrid, en junio, pocos días antes nos fue cambiada, anticipándose de un sábado a un jueves, porque debíamos dejar vía libre a un «expreso» llamado Hombres G, quienes no tienen culpa alguna de que los empresarios decidieran lo que decidieron. Quede claro.
Aquella noche, fría noche, tras realizar uno de los mejores conciertos que hubiéramos hecho, decidí que ya no más.
Julio Castejón.
Igual es que este no os ha merecido nunca, Julio. Hay gente a la que le da igual llenar un estadio con AC/DC, que hacerlo con David Bisbal. Y eso hace el que ambos -aun teniendo su respectiva calidad y su respectivo público- sean vistos -por paletismo o por esnobismo- como más grandes aún de lo que realmente son. Como decía un tío mío, tendrá que ser así. Me quedo con que habéis puesto magistral banda sonora a las tres cuartas partes de mi cuaderno vital.
ResponderEliminar