Hay fechas que quedan marcadas para siempre en la memoria contemporánea de una generación. De la mía.
Algunos recuerdan dónde estaban la mañana en que nos dijeron aquello de «Franco ha muerto»; otros, el día en que cayeron las Torres Gemelas; o, ¿por qué no?, el momento en que Iniesta marcó el gol que nos hizo campeones del mundo. Son instantes que permanecen adheridos como pósits ingrávidos en la pared donde se acumulan los acontecimientos que nos negamos a olvidar.
Hoy es 23 de febrero. Nos lo han recordado todos los medios. Es imposible no volver a aquel momento en el que todo pudo cambiar para mal en nuestras vidas.
Duele comprobar que cada vez hay más necios dispuestos a apoyar algo semejante a lo que ocurrió con el Reichstag, otra noche de febrero —de 1933— en la que, junto al parlamento alemán, ardió la democracia. Aquellos incendiarios acabarían después incendiando toda Europa, sembrando muerte y ruinas.
Mi generación ha cometido muchos errores, pero, en mi opinión, ninguno tan grave como no haber sabido transmitir a las generaciones que nos siguieron el valor real de la libertad. Algunos lo intentamos, reclamando aquello de «enseña a tu hijo a amar la libertad». Sin embargo, como en la parábola del sembrador, mucha semilla cayó en terreno pedregoso. Quizá no supimos regar lo suficiente.
Para quienes tengáis el gusto, y tiempo, a continuación comparto un fragmento de mi libro Ahora que me acuerdo, recientemente reescrito y publicado, en el que narro cómo vivimos los Asfalto aquella tarde del 23 de febrero de 1981.
Julio.
—oOo—
Elías era un chico de pueblo que había venido a Madrid huyendo de la fría estepa castellana. Una vez en la capital, trabajó de mecánico en un taller de automóviles próximo a nuestro estudio. Como era persona inquieta, no tardó mucho en establecerse por su cuenta.
Su flamante taller ocupaba la planta baja del inmueble contiguo al edificio donde ensayábamos. Tanta prosperidad, y en tan poco tiempo, le confirió un rasgo de autosuficiencia que, pese a su origen más bien poco o nada ilustrado, no le impedía debatir sobre cualquier tema exhibiendo un desparpajo tan arrogante como indocumentado; incluso se atrevía a discutir de política y, medio en broma, medio en serio, se manifestaba franquista.
Estábamos dando los últimos retoques al nuevo álbum puesto que, en un par de semanas entraríamos en estudio para grabarlo. Serían más o menos las 19h, ya anochecido, cuando la vieja puerta de metal del estudio sonó golpeada con estrépito, interrumpiendo la pieza que tocábamos en esos momentos.
— ¡Ya va…! ¿Qué formas son esas? ¡Coño…!
— ¿Es que no os habéis enterado de que los “míos” ya han regresado?
— ¡Venga, Elías, tío, danos un cigarrillo y vete a tomar por culo…!
— Sí, sí… no me creáis. Ya veréis: vais a volver a cantar el Cara al Sol
Uno de nosotros, no sé quién, se quedó encendiendo un pitillo con él mientras los demás seguíamos a lo nuestro. Nos interrumpió con intriga.
— Tíos, dice que unos guardias civiles han secuestrado al Gobierno en el Congreso.
— No le hagas ni puto caso. Siempre está con lo mismo. Es un “facha” desquiciado.
Seguimos con el tema que estábamos revisando, pero me quedé con la duda y propuse que hiciéramos un break para tomarnos unas cervezas en el Salinas —un bar de barrio dónde parábamos antes y después de los ensayos—.
Cuando llegamos, no había nadie, salvo Alfredo, el dueño. Nada más entrar le pregunté si se había enterado de que hubiera pasado algo. Me dijo que unos guardias civiles habían entrado disparando en el Congreso. Había puesto la radio —nos explicó—, pero como llevaba un rato emitiendo música militar, acababa de apagarla.
Muy excitado, le pedí que por favor la volviera a poner. Lo hizo, y se me heló la sangre al escuchar esa música que me retrotraía a los tiempos en que hice el Servicio Militar. Todos nos miramos y, sin hacer comentarios, nos bebimos apresuradamente las cervezas y regresamos al local.
Por el camino me parecía que la calle estaba extrañamente vacía. Me sobrecogí. Acordamos que, lo razonable, era que cada cual regresara a su casa.
No tardé más de un par de minutos en recoger todo y subirme al coche. Nada más arrancar puse la radio y revisé todo el dial encontrándome con la sorpresa de que todas las emisoras emitían normalmente; cierto que la mayoría con una programación centrada en la noticia del secuestro en el Congreso. En una de ellas se leía un comunicado del Comité Federal de UGT, invitando a los trabajadores a estar atentos por si hubiera que salir a la calle a defender la democracia. No sé si eso me tranquilizó o me creó mayor desasosiego porque, si la sociedad civil reaccionaba, el enfrentamiento podría llegar de un momento a otro a las calles con las más que previsibles trágicas consecuencias.
Normalmente no tardaba más de veinte minutos en llegar a casa. En ese tiempo me pasaron muchas cosas por la cabeza… Llegué a acordarme de unas palabras que escuché de niño, dichas por un vecino, que en ese momento charlaba con mi padre a la puerta de casa —un abuelo que solía conversar con todo el mundo—: «Mireuste, seño Antonio, yo viví una guerra; usté peleó en otra y éste —dirigiendo su dedo índice haca mí— también tendrá la suya».
¿Sería esta mi guerra? ¿Otra guerra civil más en España? ¡No, por favor!
Cuando llegué a casa me encontré a Esperanza muy angustiada frente a la televisión. Me senté a su lado. Permanecimos expectantes informándonos de todo lo que se iba conociendo; no en vano, si el golpe triunfaba, el coautor de una canción como “Días de escuela” sería carne de paredón; seguro.
Mentalmente intentaba diseñar un plan de huida, pero no me alcanzaba la cabeza para tal conjetura. Así y todo, estuve muy pendiente de las noticias. Escuchamos el mensaje del Rey por televisión y aguanté frente a la pantalla hasta que el sueño pudo conmigo, ya bien de madrugada.
El 24 de febrero amaneció soleado, todo indicaba que la pesadilla empezaba a disiparse. Aquel fantoche con tricornio que pretendió pasar a la historia como “salvador de la patria” logró justo lo contrario: que los mandos del ejército comprendieran el mensaje de una sociedad civil decidida a reafirmarse. Los tiempos de «todo por el pueblo, pero sin el pueblo» habían terminado; el país reclamaba, por fin, su derecho a elegir su destino.
Fueron muchas las reflexiones que aquel suceso me trajo consigo. En primer lugar, comprendí que el ruido cuartelero seguía estando ahí y que era cierta la tesis de quienes sostenían que la democracia era una criatura endeble, a la que había que sostener activamente.
En segundo término, entendí que, al contrario de lo sucedido en julio del 36, la coyuntura internacional no estaba dispuesta a aceptar una involución en un país situado en pleno corazón de Europa. El continente nos necesitaba como mercado, pero también como aliado en la defensa de su flanco suroeste. Ambas circunstancias se materializaron poco después, cuando España fue acogida tanto en la Unión Europea como en la OTAN: la primera, bajo un gobierno socialista; la segunda, ratificada mediante un plebiscito también respaldado por los socialistas, aunque su solicitud inicial datara de 1982, durante el mandato de Leopoldo Calvo-Sotelo (UCD).
Un par de semanas más tarde, tal como estaba previsto, entramos en los estudios Eurosonic de Madrid para registrar nuestro cuarto álbum: "Déjalo Así".

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