En 1986, Asfalto publica Corredor de fondo, álbum que incluía «Halley», un tema que aludía al cometa que, en aquel año, en su periplo cósmico, era visible desde la Tierra.

La música era mía y Jorge puso la letra, alternando así nuestros papeles habituales. La letra venía a subrayar lo efímero de la vida humana frente a la magnitud de los acontecimientos del universo del que formamos parte. Venía a decir que, en el próximo encuentro del cometa con la Tierra, nosotros ya seríamos polvo disuelto en la atmósfera.

El Ayuntamiento de Valladolid se puso en contacto con nosotros para que acudiéramos a un acto, una especie de exposición sobre el cometa Halley. Allí se dieron cita personas notorias, como Miguel Delibes, el genial escritor vallisoletano, o Víctor Mora, creador de aquellos tebeos de los años sesenta, entre ellos El Capitán Trueno. Y allí estaba yo, portando una copia del single dedicado al cometa.

El encuentro se cerraba con un acto simbólico en el que se depositaban en un cofre algunos objetos relacionados con el año en que nos encontrábamos. Entre ellos, la copia del disco de Asfalto que yo había llevado, no sin antes estampar mi firma junto a una pequeña dedicatoria cuyo contenido ya no recuerdo.

La llave del cofre se entregó simbólicamente a una niña y a un niño, pues se entendía que, setenta y seis años después, serían ellos los únicos de los presentes que quizá pudieran abrirlo.

Reconozco que aquel acto me emocionó. Pensé que mi canción, mi firma sobre aquel vinilo de 45 rpm, solo volverían a ver la luz el día en que yo, e incluso Asfalto, fuéramos ya un recuerdo, tal vez tan diluido como nuestras propias vidas.

¿Y por qué traigo todo esto a colación?

Pues, sencillamente, porque en cuestión de horas vamos a asistir a un eclipse que ocultará por completo el Sol a la puerta de mi casa. Seré testigo de algo que quizá tarde trescientos años o más en volver a producirse exactamente en este mismo lugar.

Pienso que, en el momento de la ocultación total del astro al que debemos todo lo que somos, me abrazaré a quienes tenga a mi lado, como homenaje a ese instante y como testimonio de que, por un momento, hemos pasado juntos por la vida.

No soy capaz de imaginar cómo será la Tierra bajo mis pies dentro de tres o cuatro siglos. No lo sé, ni me apetece imaginármelo. Lo que sí sé es que la misma Luna y el mismo Sol volverán a alinearse, indiferentes a qué clase de seres vivos los contemplen.

Y quizá, en algún lugar, alguien vuelva a mirar hacia arriba y sienta lo mismo que nosotros hoy: la certeza de que, frente a la inmensidad del universo, nuestras vidas son apenas un instante.

Pero también la certeza de que, mientras ese instante dura, estamos aquí.

Disfruten el momento.

 

Julio Castejón

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